Con mil apuntes en la mesa, café y la cabeza no sé donde.
Complicado es entenderlo.
Y complicado es entenderme.
Acabo de perder otra batalla con quien cada día me demostraba que quería mi desorden.
Bueno, acabo de perder conmigo misma también.
El miedo a sentir de más, a sentir algo que no sea vacío, miedo o simple dolor me acojona. Sí, me acojona.
Suena tan ridículo, pero prefiero mi autodestrucción a destruir a quien me bajaría la Luna si se lo pidiese.
Todo por mi, por mi y por quien no deja de aparecer en cada canción, ese quien se ha llevado todas mis letras o a ese al que veo reflejado en cada charco.
Soy tan destructible, tan frágil. Constantes precipicios en mi cabeza me separan de quien me regala sonrisas cada mañana, quien me lleva a desayunar al puto culo del mundo, quien en medio de la multitud de una discoteca me susurra "me encanta esta fiesta, pero ahora te quiero para mi" y largarnos a un portal a entendernos un poco o a desentendernos.
Me separan del puto cielo de sus ojos. Pero ya no sé si quiero ese cielo o el invierno de otros ojos.