Noche gris.
Sigo con la ventana abierta viendo como se disipa el humo del cigarro entre la noche y sonriéndole a una pantalla como una gilipollas.
Y echando de menos claro, eso siempre.
Pero sonriendo.
Porque he empezado a apreciar pequeños detalles, pequeños gestos.
Como los abrazos de mi madre con sus "que guapa estás tan feliz" o que llegue un idiota a la puerta de mi casa con mil regalices rojos a hacerme perder el tiempo.
O a invertirlo.
Porque desde que tengo a ese idiota he aprendido a invertir el tiempo, en mi o en sus ojos.
O en sus heridas.
Porque los dos estamos jodidos pero sabemos como comernos el mundo.
Son cosas simples, momentos absurdos en los que me río como una niña pequeña y le debo todo.
Le encanta oír mi risa y a mi ver como sonríe cuando me río.
Nos completamos. Somos. Estamos.
Y para qué más.
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