Me he dado cuenta que también existen las noches frías en pleno agosto,
y las noches de calor en los baños de cualquier bar a finales de diciembre.
Demasiadas reflexiones y pensamientos para un viernes de verano con la mente en mil sitios a la vez.
Aunque en mi misma primero de todo.
Porque he aprendido a que sin mi no puedo estar en nadie más.
A qué yo sin mi carmín rojo y mis tacones no sería yo las noches de sábado.
He aprendido a comerme el mundo o al menos a pisarle tan fuerte que retumbe.
Que los días malos hay que acompañarlos de cerveza y buena compañía.
Que el frío es menos frío si hay miradas y caricias capaz de arroparme.
Que a mi espejo le encanta verme despeinada y con una sonrisa de recién levantada.
Que me ha costado darme cuenta de todo esto, sí.
Pero he aprendido a ser yo.
Y a que mi sonrisa está por encima de todos esos mierdas.
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