De caricias y desprecios.
De besos y malas miradas.
De "ven idiota" y "déjame en paz".
De idas y venidas.
De no se lo que somos pero no quiero que dejemos de serlo.
De llorar horas y horas en la cama y de risas descontroladas.
De darnos lo mejor del otro.
De echar de menos y no querernos ver más.
De tres días viéndote dormir y dos meses sin vernos.
De abrazarnos de más y vernos de menos.
De querer comernos el mundo juntos y querer tirar todo por la borda.
De no saber lo que tenemos pero querer serlo todo.
Has llegado y has puesto todo patas arriba. Tienes "efecto torbellino".
Has destrozado los peores recuerdos de mi pasado y me has traído lo mejor y lo peor de ti. Para compartirlo o para que lo cuide, no se.
También me has traído miedo y noches de llorar a reventar, malas miradas, malas contestaciones y discusiones en medio de la calle.
Pero luego cuando te calmas, cuando ese torbellino ha pasado vuelves a ser el mismo que ese 12 de septiembre a las 6 y pico de la mañana cuando decidiste que era buen momento para cuando decidiste besarme y sonreirme.
Ojalá nunca dejes de tener ese efecto, cariño.
Porque me destrozas y me reconstruyes como no lo había hecho ninguno jamás.
No se lo que somos, ni lo que seremos.
Ni lo que va a pasar de aquí a un mes.
Sólo se que tenemos que darnos la vida. Aquí y ahora. Aunque nos tengamos lejos. Aunque no pueda verte dormir todas las noches.
Por nosotros. Por ti y por mi. Por ahora.
Porque es nuestro momento, pequeño torbellino.
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